Cognoscere causas

Cognoscere causas

Felix qui potuit rerum cognoscere causas. Feliz el que puede conocer las causas de las cosas, escribió  Virgilio, en un rotundo verso más tarde popularizado por uno de los desafortunados piratas de Astérix.

Y es cierto: desde su más temprana infancia, el ser humano se dedica a preguntar el porqué de las cosas.

A veces, cuando nadie le explica el porqué, se lo inventa. También los profesionales de la medicina (o de la psicología) caen, a veces, en la tentación de inventarse las causas que desconocen.

Por ejemplo, hace un tiempo me hablaron de un niño de ocho años que sufría miedos nocturnos. Según su psicóloga, la causa era que los padres le dejaban dormir en la cama de matrimonio, no le ponían límites y acudían a consolarle en cuanto lloraba, con lo que no le habían permitido independizarse.

Son ideas preconcebidas de esa psicóloga (o quizás ni siquiera preconcebidas, sino inventadas sobre la marcha), reflejo de su propia educación, la cultura a la que pertenece, su clase social, las películas que ha visto… Si le parece muy mal que los niños duerman con sus padres, estará atenta a cualquier problema, real o aparente, para echarle la culpa al colecho: si el niño es tímido, o si es revoltoso, o si suspende matemáticas, o si no tiene amigos, o si tartamudea… cualquier excusa es buena para “demostrar” tus teorías predilectas.

Teorías para dar y vender

Pero otros psicólogos, médicos, curanderos o vecinas, con otras creencias previas, podrían haber inventado otras explicaciones muy distintas. El niño tiene miedos nocturnos porque:

  • le llevaron a la guardería antes del año.
  • ve demasiadas películas violentas por la televisión.
  • se pasan el día riñéndole por que ve “demasiada” televisión, como si ver la tele fuera malo.
  • no ha tenido educación religiosa; no sabe que tiene un alma inmortal o que hay un Dios que vela por él, y eso le produce una gran angustia.
  • sus padres son muy religiosos y él piensa que se va a ir al infierno porque se toca los genitales.
  • es así, es propenso a las pesadillas. Y menos mal que sus padres le dejan venirse a su cama y el niño se tranquiliza, o estaría mucho peor.
  • el niño es capricornio, y los capricornio suelen tener miedos nocturnos.
  • sus padres le maltratan física y psicológicamente, pero saben disimular muy bien delante de otras personas. Han conseguido hacer creer a la psicóloga que miman a su hijo y nunca le riñen.
  • se burlan de él en la escuela porque es un poco gordito, feo y torpe en los deportes.
  • fue un hijo no deseado. Sus padres le miman porque se sienten culpables, pero el niño nota, tras este disfraz, la ambivalencia afectiva y el desprecio.
  • la madre, que había sido abandonada en la infancia, es una persona insegura, incapaz de dar y con grandes necesidades afectivas no satisfechas, que bajo el disfraz de una conducta afectuosa asume en realidad el papel de hija, exigiendo que sea su hijo el que la cuide y la contenga.
  • la habitación está maldita porque en ella se suicidó alguien hace 20 años. Esto se arregla con un exorcismo.
  • “Pero señora, ¿por esto lo trae al psicólogo? Muchos niños de esta edad tiene miedos nocturnos, no le dé tanta importancia porque su hijo está perfectamente”.
  • este niño come muchos alimentos procesados, azúcar refinado, colorantes y aditivos, e incluso algunos alimentos modificados genéticamente.
  • en la azotea de su vivienda han instalado una antena de telefonía móvil.
  • la madre es la típica mujer “moderna”, que no se adapta a su papel de ama de casa e insiste en realizarse mediante el trabajo y otras tonterías feministas.
  • la madre es una marujona resentida, si trabajase fuera de casa tendría otras expectativas y no volcaría su frustración sobre su hijo.
  • es hijo único y no tiene con quién jugar.
  • tiene tres hermanos y no tiene intimidad.
  • es el síndrome del edificio enfermo, los iones negativos del aire acondicionado interfieren con el descanso del niño.
  • su madre quería tener una niña, y le envía al colegio vestido de rosa.
  • su padre exige de él que sea “muy macho” y le ridiculiza cuando llora o cuando ayuda en la cocina.
  • sus padres están al borde del divorcio, pero disimulan delante del niño, con lo que este nota la tensión y la rabia reprimida, que es peor.
  • sus padres están al borde del divorcio y discuten delante del niño (¡podrían disimular un poco, los muy brutos! Más vale que se divorcien de una vez, por el bien del niño).
  • sus padres se han divorciado. ¿No saben que eso es lo peor para un niño? Si al menos siguieran juntos, aunque discutieran…
  • hace tres meses murió su abuela. No le permitieron asistir al funeral, y el pobre niño no ha podido elaborar el duelo.
  • hace tres meses murió su abuela, lo llevaron al funeral y lo dejaron traumatizado.

Dejémoslo, la lista sería eterna. Habrá notado que en la mayor parte de las explicaciones, la culpa es de los padres; eso siempre contribuye a aumentar la credibilidad de la teoría.

Entonces, ¿nunca sabremos la verdadera causa?

La vida humana es compleja, y raramente las cosas tienen una sola causa. Pero eso no significa que la ciencia no pueda decir nada serio al respecto.

Le han dicho que su hijo tiene pesadillas porque duerme con ustedes. O que será un delincuente juvenil porque le hacen caso cuando llora, o que tiene un retraso en el leguaje por culpa de la lactancia (sí, todas estas las he oído). ¿Será verdad?

Lo primero es pedir que le enseñen un libro o revista científica donde dice “dormir con los padres provoca pesadillas en los niños”. Así al menos sabe que su psicólogo no se lo acabe de inventar, sino que de verdad existe esa teoría. Pero aún estamos lejos de saber si la teoría es cierta o no. ¿En qué datos y estudios científicos se basa?

El caso clínico (“una vez vi un niño que tenía pesadillas porque dormía con los padres”), o la serie de casos clínicos (“hemos visto 120 niños que…”) tienen muy poco valor, salvo para sugerir ideas que los investigadores deben luego comprobar con estudios serios. Yo he visto cientos de niños con otitis que llevaban zapatos, pero eso no me permite afirma que llevar zapatos produce otitis.

El siguiente paso es un estudio de casos y controles. Se buscan varias docenas (mejor si son cientos) de niños con pesadillas (“casos”). Se buscan otros tantos niños sin pesadillas (“controles”) que se parezcan lo más posible a los primeros en edad, número de hermanos y otros factores. Se pregunta a los padres (entre otras muchas cosas) si han practicado el colecho o no. Si existen diferencias estadísticamente significativas, se dice que dormir con los padres “se asocia” con las pesadillas. Si varios estudios en distintos países encuentran el mismo resultado, nos lo tomamos cada vez más en serio. Pero “se asociacia con” no significa “es la causa de”. La causalidad podría ir en dirección contraria: los padres duermen con el niño precisamente porque tiene pesadillas. Podría haber otro factor común que es la causa de ambas cosas, como la clase social o el no tener calefacción en casa. Podría haber un factor de confusión: a lo mejor todos los niños tienen las mismas pesadillas, pero cuando duermen solos en otra habitación, los padres a veces no se enteran. Como el estudio es retrospectivo, tal vez los padres no recuerdan claramente (“¿durmió con nosotros hasta los dos años, o fue hasta los tres?”). Los padres de los casos probablemente han estado pensando mucho sobre su problema y sobre sus posibles causas, tal vez recuerden detalles que a los padres de los controles se les han olvidado…

Más fiable resulta un estudio de cohortes, prospectivo. Buscamos varios cientos de niños de un año que duermen con los padres, otros cientos de niños que duermen solos. Se les visita y entrevista periódicamente, para ver cuántos de ellos siguen durmiendo con sus padres y cuántos de ellos tienen pesadillas a los tres, a los cinco, a los ocho años… Mejor aún, buscamos cientos de parejas embarazadas que tienen intención de dormir con sus hijos, o no; así podemos asegurar que los padres duermen con el niño porque así lo decidieron, no porque éste tenía pesadillas.

El tipo de estudio más fiable científicamente es el aleatorio, controlado y a doble ciego. Así se suele estudiar el efecto de los medicamentos: cien pacientes elegidos al azar toman un medicamento, otros cien toman unas cápsulas del mismo color que sólo contienen excipientes sin medicamento; ni los pacientes ni los médicos que les tratan directamente saben quién toma el medicamento y quién toma el placebo. Este tipo de estudio es muy difícil en cuestiones psicológicas: los padres deciden si duermen con el niño o no, y por supuesto saben lo que han hecho.

Por supuesto, el demostrar que dormir con los niños produjera pesadillas (cosa que, por cierto, nadie ha demostrado, tal vez porque parece una tontería tan grande que no se han molestado en hacer estudios) no significa que un niño concreto tenga pesadillas por ese motivo concreto. Las pesadillas podrían tener muchas causas, unas frecuentes, otras raras, y muchas de ellas aún desconocidas.

Así funciona el método científico. Las teorías se valoran por la cantidad y solidez de los datos en que descansan, no por el título o el prestigio de quien las propone. Si le explican una teoría, pero no son capaces de darle ninguna prueba, puede hacerle el mismo caso que al horóscopo.