Prólogo – Mamá come sano

Este es el prólogo que escribí en 2015 para el libro Mamá come sano, de mi amigo Julio Basulto.

 

Prólogo

Carlos González

 

Triste anda últimamente la nutrición humana, asediada de un lado por una publicidad implacable al servicio de una industria formidable, y del otro por una legión de pseudoexpertos que proponen dietas a cual más caprichosa en libros que a veces copan las listas de bestsellers (pero no por mucho tiempo, pues pronto aparece una nueva dieta que dice todo lo contrario, ¡y además la siguen en Hollywood!). La dieta mediterránea de la que tanto nos enorgullecíamos va en franco retroceso ante la avalancha de aperitivos salados, congelados grasientos y postres lácteos; los platos contundentes que antes se reservaban para muy contadas celebraciones ocupan ahora nuestras mesas casi a diario; muchos dejan correr el agua que no han de beber, pues prefieren beber cualquier otra cosa, mejor con azúcar, y algunos parecen creer que un alimento no puede ser sano, lo que se dice sano, si nuestros abuelos ya lo comían o si no viene de algún país lejano o de alguna cultura ancestral.

Es por ello cada vez más conveniente contar con un nutricionista de confianza como Julio Basulto, que basa sus recomendaciones en datos científicos; que no nos “regenera”, ni nos “detoxifica”, ni siquiera nos “energiza”; que no promete la salud sin mácula, la felicidad sin culpa, la delgadez sin esfuerzo ni la vida eterna.

La dieta de la embarazada y de la madre que lacta debe ser, básicamente, normal. La misma dieta sana que debería disfrutar todo el mundo, hombres y mujeres, con hijos o sin hijos, pero de la que nos hemos ido apartando. No se trata, pues, de hacer un “sacrificio” durante unos meses para luego volver a comer patatitas y refrescos, sino de dejar de sacrificarnos, dejar de sacrificar nuestra salud en el altar de la moda y la publicidad, y aprender a comer normalmente el resto de nuestras vidas. Porque lo que de verdad va a influir a largo plazo en la salud de nuestros hijos no es lo que hemos comido durante el embarazo (que influye sólo un poco) ni lo que comemos durante la lactancia (que no influye casi nada), sino los hábitos que adquirirá comiendo a nuestro lado durante los próximos veinte años o más. Nuestra forma de comer ya no nos afecta únicamente a nosotros; tenemos también la responsabilidad de ser un buen modelo para nuestros hijos.